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Subsuelo

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Azul Monserrat Tapia

 Sólo se escuchan disparos, no hay más, desde este túnel, llega un olor a muerte y a pólvora. Esto no va a terminar, tenemos comida para un par de meses, pero después qué haremos, no podemos salir, nos matarían. Ya nos reconocen, saben que es muy fácil capturarnos, además nuestros padres nos dijeron que nos quedáramos aquí, que nadie se moviera de este lugar. Es muy difícil estar aquí, mis hermanos se asustan cada vez más, desde que mi mamá salió por provisiones y ya no regresó. Me dijo que, si no volvía, tenía que hacerme cargo de todos, si bien soy el mayor, solo tengo 12 años. Qué se supone que haré yo, cada noche entro en pánico, pero no dejo que mis hermanos lo vean, tengo que ser fuerte, para ellos y por mí.

No tenemos mucho donde nos encontramos, sólo una cama y tres cobijas con las que tapo a mis hermanos, yo casi no duermo, estoy pendiente de cada ruido y cosa que se logra escuchar. Yo solo tengo una silla, esa silla… todo inició con esta silla.

Aún recuerdo la felicidad de mis padres al construir ese mueble, habían usado un tronco de madera del bosque. ¡Qué árboles tan hermosos había en ese bosque! No crecían en ningún otro lado más que allí. Recuerdo que, al terminar de elaborar esa silla, mi padre le puso partes de hueso de un conejito que murió en el bosque, suena raro, lo sé, pero ese conejito venía casi todos los días a casa en busca de un par de vegetales. Cuando murió nos dolió mucho, por lo que mi papá decidió ponerlo en esa silla para inmortalizarlo. Ese mueble decidió no venderlo, me lo regaló a mí. ¡Pero tenía que llegar él! Ese señor tan odioso que se hacía llamar amigo de la familia, le gustó tanto esa silla que le encargó dos a mis papás. Ellos fueron al bosque y trajeron otros dos conejitos muertos y cortaron otros dos árboles. Le entregaron las sillas al señor, él las vendió a un precio muy alto. Era muy rico y las sillas sólo ampliaron esa fortuna. Él solo quería más, no podía quedarse quieto, no ve lo que ha ocasionado, lleno de avaricia el señor, comenzó a talar y matar criaturas desesperadamente para crear sillas en masa, para él no había nada más importante, mi padre trató de hablar con él, pero sólo consiguió ser su enemigo.

Mi padre sabía el maltrato que estaba recibiendo la naturaleza y las consecuencias que eso iba a traer, pero ignoraba a quien recurrir. Se le ocurrió ir con el alcalde a pedir ayuda, pero este intentó callarlo, no quería que hablara. Así que mi padre estaba solo, o eso creía. Un grupo de personas que cuidaba los bosques, esos sabios de la naturaleza, apoyó a mi papá y se levantaron en armas contra los destructores. No sé cómo resulte. Tengo miedo por eso casi no pienso en eso, mis hermanos están dormidos, así que mi cabeza divaga, en qué más se puede pensar, si sólo se escuchan disparos y gritos de agonía y sufrimiento, ¡qué puedo esperar! Intentaré cuidar bien a mis hermanos, para que ellos logren sobrevivir.

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ARZEPEDAR

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