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Ensayo: La utilidad de las humanidades

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Ensayo: La utilidad de las humanidades

La utilidad de las humanidades

Por: Salma Evelin Quiroz Figueroa

 

El debate sobre el concepto de humanidades y su utilidad en el mundo contemporáneo se encuentra en la mesa de discusión desde el siglo pasado. La alarmante declaración del ministro de educación japonés acerca de disminuir el presupuesto de las carreras de humanidades en las universidades y progresivamente desaparecerlas es sólo la punta del iceberg. Como indica el filósofo francés Jacques Barzun, este problema se gestó a inicios del siglo XX, cuando las universidades americanas entraron en conflicto ante el desarrollo de las ciencias naturales, tecnológicas y sociales. Por lo tanto, esta decisión del gobierno japonés es un ejemplo que dicta un juicio generalizado que tiene preferencia por los beneficios prácticos y económicos que generan las carreras tecnocientíficas.

El principal problema es el ambiguo concepto utilidad, consecuencia de la polisemia y la generalización. Lo que nos permite identificar que los argumentos comunes a favor de las humanidades contienen tres errores. El primero, confundir a las humanidades con las ciencias sociales; el segundo, reducir las humanidades y las ciencias a meras especializaciones universitarias y no considerarlas como dos elementos esenciales en la formación humana; por último, creer que la utilidad económica es el único parámetro a consideración para calificar una actividad como productiva.

Respecto al primer problema, no se puede pasar por alto que Silicon Valley, también conocida como “la meca de la tecnología” y muchas otras empresas fuera del campo cultural o educativo han mostrado interés en las ciencias sociales y en las humanidades. Públicamente, los directores generales reconocían “el pensamiento crítico de las humanidades como parte sustancial de la creación de cualquier proyecto” y proponían que si se deja de separar la relación que hay entre la ciencia y la tecnología con las humanidades, puede existir una gran simbiosis que ayudaría especialmente a los humanistas a generar un nuevo perfil, el cual, según Juan Luis Suárez, catedrático de la universidad de Western Ontario, tiene menos que ver con alguien impartiendo exposiciones orales para explicar el concepto “mundo” en Heidegger y más que ver con saber demostrar esa información de tal manera que cualquiera pueda verla de forma clara y precisa en un trabajo multimedia, un gráfico o en un mapa visual. En otras palabras, el mundo actual necesita de humanistas que cuenten con conocimientos y herramientas de marketing, consultoría, pedagogía y tecnología, además de su formación particular.

 En el plano práctico, el interés de las empresas por los egresados de ciencias sociales responde a uno de sus principales problemas: que sus productos y servicios sean más accesibles y llamativos para su público. Y en los humanistas, por el erróneo concepto del soplo de creatividad y perfil artístico con el que supuestamente cuentan los egresados. Por lo tanto, para ellos su relevancia laboral se mide, inevitablemente, a través de la utilidad económica que generan a sus empresas multimillonarias.

Jacques Barzun fue uno de los humanistas que identificó el cambio progresivo y de carácter perverso y generalista que afectaba el concepto de humanidades. Para aclarar el segundo problema, expongo su crítica y denuncia a la errónea formación humanística que comienza a principios del siglo XX en las universidades americanas. Para él, la triple división: ciencias, ciencias sociales, humanidades, útil en términos de organización académica, contiene “el germen del mal que ha infectado prácticamente todo intento de dar un nuevo impulso a las humanidades y hacerlas provechosas”.  Si bien, se propuso que los estudiantes se beneficiaran de ambos tipos de conocimiento, con el paso del tiempo fueron las humanidades las que más se ajustaron a las demandas de las ciencias e incorporaron el carácter técnico a su método de formación: “No se estudia poesía y narrativa o arte y música para recibir y disfrutar lo que en sí ofrecen, sino para poner en práctica algún complicado método que excluye cuidadosamente las sensaciones, el placer y la meditación” (Barzun).

Ante la ausencia de un concepto que delimitara las humanidades y la importancia en la vida de los seres humanos, el contexto cultural, económico, social y político contribuyó a que los universitarios, sin importar su tipo de especialización, se convirtiera en lo que el director de Princeton, Woodrow Wilson temía: “un peligro intelectual porque el individuo que sólo ha sido formado es una herramienta y no una mente, y un peligro económico porque la sociedad requiere de mentes y no sólo de herramientas” o bien, como diría el filósofo Byung Chul-Han, se convirtieron en un esclavo neoliberal, quien de la explotación ajena hoy se asume como un empresario que se explota a sí mismo en su propia empresa. “Cada uno es amo y esclavo en una persona. También la lucha de clases se transforma en una lucha interna consigo mismo”.

Queda, entonces, la última pregunta: ¿Para qué nos sirven las humanidades? Jacques Barzun responde que éstas sirven para reconocer las actividades que han resistido al paso del tiempo, a identificar lo excelente de lo duradero. Ayudan a que nuestras capacidades críticas se desarrollen de una manera precisa y menos dogmática. A simpatizar más con los errores de los hombres porque se percibe el pathos de causas perdidas y de las equivocaciones de tiempos pasados. Sin embargo, deja en claro que los estudios de las humanidades no garantizan la formación de una persona más ética, sensible y tolerante.  

Resalto que la respuesta de Barzun no tiene pretensión dogmática. Como muchas otras propuestas, contribuye y fomenta la continua reflexión sobre la utilidad de las humanidades, pues la evolución y reflexión sobre el concepto y el carácter tan complejo y esencial de las artes son ejercicios que cada sociedad debe realizar para tener un desarrollo sano e integral. Además, este trabajo no tiene intención de desalentar a los humanistas o a las personas en general a experimentar con las herramientas tecnológicas, por el contrario, hay que aprovecharlas para impulsar nuestra creatividad. Al mismo tiempo defiendo la idea de los trabajos interdisciplinares entre distintas carreras. Lo importante es no desvirtuar el sentido de las artes.

Más allá de las pretensiones económicas, los seres humanos y no sólo los humanistas tenemos un compromiso con ese espacio de reflexión, cuestionamientos, y creatividad interna que nos libera y nos aleja del carácter mundano; queda en nosotros preservarlo para las generaciones venideras como el único espacio que rompe con las limitaciones existentes.

 

Referencias

Barzun, Jaques. “Adiós a las humanidades” Trad. Beatriz Martínez de Murguía. Nexos, (abril 2002). Digital. En: http://www.nexos.com.mx/?p=10381. Fecha de consulta: 29/05/2017.

Byung-Chul Han. Psicopolítica. Barcelona: Herder, 2013. Digital.

Miguel Trula, Esther. “¿Por qué Japón quiere abolir las carreras de letras (en contra de lo que piensan en Silicon Valley)?” Sitio web: Xakata. En: https://magnet.xataka.com/en-diez-minutos/por-que-las-empresas-de-ciencias-estan-contratando-a-titulados-en-letras-pero-japon-quiere-abolirlas. Fecha de consulta: 29/05/2017 

 

 

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Sarahi

4 Comments

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