Por Laura Mariana Reyes Morales

 

Sin saber que era tu último respiro, me fui sin más.

Cuando volví a verte, quedé de rodillas frente a tu cuerpo yerto que yacía cubierto por una funda gris, fría y delgada.

Se acercó a ti, y lentamente abrió paso a tu rostro. Impasible, sereno, digno.

Con los ojos cerrados y la boca entreabierta te dirigiste a mí.

Con tus manos recogidas sobre tu pecho recogiste mis sollozos.

Calmadamente dejaste que tocara tu cabello aún suave, que tomara tus manos y te dijera adiós.