Sobrevivir en guerra

Por Karla Pavón

 

Algunas estrategias psicológicas de supervivencia planteadas por Viktor Frankl en su libro El hombre en busca de sentido están presentes en las narraciones del libro Los girasoles ciegos de Alberto Méndez, especialmente en la “Segunda derrota: 1940 o Manuscrito encontrado en el olvido”, cuando el protagonista enfrenta su soledad, se interna en una cueva con una vaca y con su hijo recién nacido y en ese lugar con frío extremo y sin comida se da cuenta que ya no tiene salida, y decide actuar en una intensa búsqueda de la supervivencia.

Viktor Frankl en su libro El hombre en busca de sentido plantea tres fases por las que él considera pasó el interno de un campo de concentración y logró sobrevivir, estas etapas son: internamiento, vida en el campo y la liberación. Viktor Frankl plantea como una de las primeras estrategias psicológicos de un interno es la ilusión del indulto, diciendo que es “… un mecanismo de amortiguación interna percibido por los condenados a muerte justo antes de su ejecución; en ese momento conciben la infundada esperanza de ser indultados en el último minuto.” (Frankl: 37). Al ir mencionando cada estrategia, Frankl nos va narrando desde su punto de vista, la vida y las cosas por las que pasa un interno. Al igual menciona, como otra estrategia, la cruda realidad de no tener ya ninguna conexión con su vida anterior “Tan solo poseíamos la existencia desnuda. ¿Quedaba algún vínculo material con nuestra existencia anterior? Yo conservaba las gafas y el cinturón, que poco después cambié por un pedazo de pan” (Frankl: 42). Frankl habla de las posesiones, como algo que viene y va, pero ¿qué sucede con los pensamientos y los sentimientos?, ¿también desaparecen? En otro sentido, señala la desgracia, pero con sentido del humor frente hacia lo que le pasa y la curiosidad que los embarga “Intentamos bromear sobre nosotros mismos y entre nosotros” […] Con ella lográbamos distanciar la mente de la realidad circundante y así se facilitaba el contemplar lo real con una cierta subjetividad. Incluso aprendimos a utilizar este mecanismo como una medida de protección personal” (Frankl: 43). Y finalmente, en esta primera fase, nos habla de la esperanza y lograr no suicidarse. “Nadie podía atribuirse la certeza de encontrarse entre el pequeño porcentaje de hombres capaces de sobrevivir […] el prisionero perdía temor a la muerte” (Frankl: 45), y así al suicidio.

Durante la segunda fase, “La vida en el campo”, enfatiza en la indiferencia que el preso siente hacia las cosas que ocurren a diario “Esa apatía emocional le permite permanecer impasible ante los continuos sufrimientos diarios. El prisionero enseguida construía, gracias a esa insensibilidad, un caparazón efectivo que actuaba como un íntimo escudo protector” (Frankl: 52). Frankl nos dice que, para él, estar rodeado de gente las veinticuatro horas del día no era su pasatiempo favorito pues dice que “Puede hacer surgir un irrefrenable deseo de alejarse, de estar sólo al menos unos breves instantes” (Frankl: 77). Por otro lado, también se refiere al miedo irracional a tomar decisiones, por lo que eso pudiera acarrear: “Era la consecuencia del fuerte sentimiento de saberse un juguete del destino, como si el destino se hubiese apoderado de uno” (Frankl: 102). Viktor Frankl acepta que los internos sufren continuamente, pero viven ignorándolo para no crearse falsas esperanzas “Asumimos el sufrimiento como el reto de nuestra tarea y no quisimos volverle la espalda” (Frankl: 102). Finalmente, en la tercera fase, la de la liberación, el autor deja un sentimiento de calma “Al estado de ansiedad interior siguió una total relajación” (Frankl: 111)

Finalmente, en la tercera fase, la de la liberación, el autor deja un sentimiento de calma “Al estado de ansiedad interior siguió una total relajación” (Frank: 11), no obstante, nos habla de una desidia ante todo lo que se encuentran los internos al salir del campo “Una persona sometida a una tensión psicológica tan tremenda y durante tanto tiempo corre cierto peligro en el momento de la liberación, especialmente si ésta se produce de forma brusca” (Frankl: 113), porque no todos los internos superaron de buena forma el tiempo que vivieron internados.

En el libro Los girasoles ciegos de Méndez se encuentran, como ya dijimos al inicio, algunas estrategias psicológicas de supervivencia planteadas por Viktor Frankl, no obstante, hay que recordar que el texto escrito por Frankl son vivencias y experiencias personales, mientras el de Méndez es ficción literaria. Los girasoles ciegos lo conforman cuatro historias que hablan especialmente de la derrota, y aunque es el fin en cada historia, se pueden descubrir también las estrategias o mecanismos psicológicos de defensa de los que habla Viktor Frankl.

Puedo decir que hay cierta semejanza entre ambos libros, la primera y de mayor peso es que los protagonistas se encuentran en circunstancias de vida extremas, de peligro de perder la vida en un momento inesperado. Para hacer este análisis me centraré unicamente en la Segunda derrota de Los girasoles ciegos de Alberto Méndez, en esta historia el protagonista se encuentra sin salida, en condiciones climáticas adversas, con un hijo recién nacido y el ejército fascista acechándolo. “Pronto empezará a nevar y se cerrarán todos los caminos de acceso a esta braña. Tendré todo el invierno para decidir qué muerte moriremos. Sí, creo que el tiempo de compasión ha terminado” (Méndez: 47). A diferencia de Frankl, Méndez atribuye a su personaje algunas estrategias en un orden distinto, y cabe señalar que la ilusión del indulto no está presente, pues nuestro protagonista sabe desde el inicio que morirán él y su hijo, por lo que comienza a escribir para que sepan su agonía “Quiero dejar todo escrito para explicar a quién nos encuentre que él también es culpable, a no ser que sea otra víctima. Quien lea lo que escribo, por favor que esparza nuestros restos por el monte” (Méndez: 41). Frankl señala como mecanismo de salvación dejar fluir los acontecimientos, en cambio, el protagonista de Los girasoles ciegos, en un principio se aferra a los recuerdos y a las personas, negándose a enterrar a su esposa muerta, pues se siente culpable de lo que le pasó y desea, aunque no sea posible, cuidarla y que el niño recién nacido permanezca a su lado. Por la situación y la extrema soledad que vive, nuestro personaje no toma con humor lo que le ocurre y, en cambio, decae con cada día que pasa, pronosticando la futura muerte. En cambio, la esperanza, que Frankl detalla en evitar el suicidio, Méndez la narra con la decisión del protagonista a comenzar a alimentar al bebé para que viva un poco mejor: “Me he encontrado dándole a chupar un trapo mojado en leche desleída en agua […] Ha vomitado, pero ha seguido chupando con avidez. La vida se le impone a toda costa” (Méndez: 43-44). La apatía que mantienen ambos protagonistas es notoria, pero Méndez la explica al hacer que el joven protagonista no se acerque siquiera a cargar a su hijo “He dejado todo como estaba. Nadie podrá decir que he intervenido. La madre muerta, el niño agitadamente vivo y yo inmóvil por el miedo” (Méndez: 41). A diferencia de Frankl, el protagonista de “Manuscrito encontrado en el olvido” está solo con su bebé, pero irremediablemente solo, él no anhela la soledad, la rechaza y no sabe qué hacer “Nadie me enseñó a hablar estando solo ni nadie me enseñó a proteger la vida de la muerte” (Méndez: 41).

Con los libros El hombre en busca de sentido y Los girasoles ciegos nos encontramos ante situaciones muy similares, el primer libro partió de la realidad e intentó serle fiel; el segundo, aunque también parte de una realidad no olvidemos que Alberto Méndez escribió estas historias muchos años después de la derrota liberal ante el ejército franquista. Sin embargo, cabe decir que los protagonistas de cada libro tienen la libertad de decidir, pero Méndez deja que su protagonista esté constantemente triste y decaído por la muerte de su esposa, y la muerte que los acecha, a él y a su hijo; y aunque jamás es liberado del sufrimiento, muere con su hijo, pero logra el desahogo del que habla Frankl en la tercera fase, desde un inicio a través del manuscrito que deja. Para concluir, puedo decir que Frankl tiene un mundo de posibilidades de interpretación, por ejemplo, hacemos coincidir con lo que Méndez desarrolla de una forma un tanto personal y con más dramatismo, y no hace hincapié en la forma grupal, sino lo enfoca en lo individual. Después de realizar las comparaciones entre los libros mencionados, cabe señalar que, aunque son personas y situaciones completamente distintas, los mecanismos o estrategias psicológicas de supervivencia son las mismas, que llevan a una forma de pensar similar, por lo que me atrevo a decir que Alberto Méndez logra un personaje psicológicamente verosímil dentro de su ficción.

 

Frankl, Viktor, El hombre en busca de sentido, 8a impresión de la edición de 2004, España, Helder, 2012, 160 pp.

Méndez, Alberto, Los girasoles ciegos, 25a edición, Barcelona, Anagrama, 2008, 160 pp