Los pasos de Paula

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Los pasos de Paula

Los pasos de Paula

María Teresa Bernal Cabello

 

Paula tenía 22 años, pero parecía de 17. Era pequeña de estatura y de un cuerpo delgado y fino. Su rostro tenía forma de diamante y en el color blanco y pálido de su piel resaltaban dos ojos negros y profundos.

Paula estaba hecha de pequeños caprichos pues le gustaba dibujar, así como las lunetas y los bolillos pequeños. Pero para ella lo más importante y particular era el haber nacido en un tren, en un viaje que sus padres habían hecho a Francia. Así que, aunque ella era francesa de nacimiento  su familia era de España y fue en este país que Paula creció.

Sus padres eran dueños de un teatro y de una compañía del mismo. Paula había crecido en este teatro, lo amaba y no había nada que más deseara que quedarse ahí. Sin embargo, aunque muchas veces ayudó a los demás y ensayó con ellos nunca llegó a presentarse en público, ella no actuaba en las obras y nunca fue más allá de ser una espectadora. Con el tiempo su madre notó que el estar ahí tanto tiempo y dedicarse tanto al trabajo de la familia estaba haciendo que Paula siguiera comportándose como una niña y, preocupada por esto, decidió que era el momento de que su hija alzara el vuelo para dejar el nido.

En una ciudad cercana había una escuela de artes de bastante prestigio y la madre de Paula le propuso ir ahí. La joven quería muchísimo al teatro y a su familia la cual no sólo estaba conformada por sus padres sino también por sus 3 hermanos: 2 muchachos y una niña. La causa de que ella no quisiera partir era más debido al apego, que al miedo. Sin embargo, a causa de vivir en el teatro, la imaginación de Paula era muy activa y esto aumentaba su curiosidad del mundo exterior. Así que aceptó la propuesta y se mudó a la ciudad cercana para poder estudiar en la escuela de artes.

 

Al inicio todo fue bien a pesar de que casi no tenía amigos. De hecho a  Paula no le gustaba platicar con alguien a quien no conociera al menos un año y en general prefería observar que hablar. Pero, conforme pasaron las semanas, Paula comenzó a sentir nostalgia y a extrañar su vida anterior lo cual aumentó aún más sus caprichos. Sus compañeras siempre usaban las ropas más llamativas posibles y también gustaban mucho del maquillaje y los zapatos de tacón alto. Paula toda la vida había usado vestidos, en parte porque así se veía mejor en el teatro. Ella quería imitar a las otras, pero al mismo tiempo prefería usar lo que fuera más discreto y fue así que comenzó la costumbre de usar vestidos que sólo podían ser de 3 colores: Rojo, amarillo y azul (colores primarios en el dibujo). Siempre usaba los mismos zapatos: negros y con tacón bajo. En cuanto al maquillaje, nunca lo usó más que para ocultar lo único de ella que no le gustaba. Se trataba de una cicatriz en la ceja que tenía desde bebé y que se notaba bastante. Antes, cuando vivía con sus padres, ella jamás se hubiera tapado tal cicatriz pues tenía una prima que era tan parecida a ella que la cicatriz era lo único que las diferenciaba. Pero ahora ya no vivía con sus padres y era muy poco probable que su prima fuera a dónde ella ahora vivía. Fue por ello que Paula comenzó a cubrir con el maquillaje la fea cicatriz.

Sus pequeñas excentricidades comenzaron a llamar la atención de sus compañeros e incluso hubo jóvenes que la llamaron “extrañamente atractiva” sin saber realmente el porqué. El porqué era simple pero sutil, el porqué era la costumbre que Paula había adquirido en el teatro de mirar a la gente a los ojos cosa que al actuar es fundamental pero que ella ya hacía sin pensar.

 

Aún así Paula se seguía sintiendo sola, aunque esta soledad no duró mucho. Un día Paula oyó que tocaban la puerta del departamento y al abrir la puerta vio un rostro para ella muy querido. Se trataba de Martín, hijo de uno de los actores del teatro y amigo de la infancia de Paula. Ella se sintió contenta al verlo y, como no tenía ya nada en la despensa para recibirlo, ambos fueron a comer a un restaurante que se llamaba “A las hierbas”. Ahí, mientras comían, hablaron de los viejos tiempos y Paula le contó cómo le estaba yendo.

– Mis compañeros no son malos -decía Paula-, pero siento que no me entienden. Aunque eso sí, me observan. Desde hace una semana comencé a notar que uno de mis compañeros me espiaba y que desde hace un tiempo me hace favores como loco. No sé qué se trae.

– ¿Es hombre? -le preguntó Martín.

-Claro que sí -dijo Paula-. Creí que era obvio.

-Lo que es obvio es que le gustas.

– ¿Tú crees?

– Sí. De hecho, cualquiera podría sentirse atraído por ti.

– No lo sé Martín. Soy bonita, pero no mucho y en realidad soy tan rara que creo que nunca le gustare a alguien.

– ¿Y qué hay de ese joven que al final de una de las funciones insistió en hablar contigo?

– Eso era distinto, pues él no me vio como yo realmente era. Sólo me vio de lejos. ¿Entiendes?

– Bueno, yo te conozco como eres y aún así pienso que eres maravillosa y digna de admiración.

Las palabras de Martín la animaron mucho y más la animaban las visitas que él le hizo los días siguientes. Cuando él la visitaba solían salir a pasear o se quedaban hablando en casa.

Un día, cuando hablaban en el departamento, Martín le preguntó si todavía dibujaba y ella le contestó que sí.

– ¿Podría ver tus dibujos? -le preguntó Martín.

– ¡Claro! -le dijo Paula.

Paula salió corriendo a su cuarto  trajo su cuaderno de dibujo.

– Es curioso -dijo ella-. Nunca enseño a nadie mis dibujos sólo te los he mostrado a ti, pues guardan mis secretos y reflexiones.

Martín estaba asombrado. Desde la última vez que Paula le había mostrado sus dibujos, esta había mejorado mucho su habilidad y ya hacía dibujos casi profesionales.

– ¡Están increíbles! -dijo Martín-. Parecen de un verdadero artista. Deberías venderlos, ganarías mucho dinero.

– No podría -le contestó Paula-. Son demasiado personales y queridos para mí. Jamás podría verlos en manos de otras personas.

– Me gustaría seguirlos viendo, pero ya me tengo que ir. ¿Te importaría si me llevo tu cuaderno y te lo regreso mañana? -le dijo Martín.

– Sí -dijo Paula-, no te preocupes.

 

Al día siguiente, una de las compañeras de Paula le mostró un dibujo que había comprado. Paula reconoció el dibujo (que era suyo) y dijo:

– ¿De dónde lo sacaste?

– Un joven los andaba vendiendo en la parte trasera de la escuela -le contestó la compañera.

– ¿Cómo era? -preguntó Paula.

La compañera le dio la descripción y Paula lo comprendió todo. Había sido Martín. Martín, su mejor amigo, había vendido sus más queridos dibujos. Y, sin embargo, era su mejor amigo y el único en quien ella confiaba por completo. Al inicio no sabía qué hacer, pero al final decidió dejar pasar el incidente. “Lo dejaré pasar, lo olvidaré y continuaré con Martín como si nada hubiera pasado”. Al día siguiente Paula fue a ver a Martín quien, al haber conseguido su objetivo, se iba de vuelta a Madrid.

Trató de hablar con él, pero no pudo. Paula entonces se dio cuenta de que  ya nunca más sería lo mismo. La confianza se había perdido y ya no había modo de recuperarla. Y así, Paula vio cómo se iba su mejor amigo de la infancia y con él una parte de su niñez para no volver nunca más.

Los días que siguieron fueron duros para ella. Se sentía sola, triste, nostálgica y abandonada y sabía que no podía seguir así por mucho tiempo. ¿Qué debía hacer? ¿Qué opciones tenía? ¿Huir? ¿Volver a su casa?

No era una opción. Ya estaba allí y tenía un compromiso con su escuela. ¿Para qué dar marcha atrás? Así jamás avanzaría. Su camino ya no estaba en su casa, estaba justo en el sentido contrario.

¿Debía entonces enfrentarlo? ¿Tratar de hacer una nueva vida ahí? Esa sí era una opción. Tal vez ya era hora de dejar atrás lo pasado y seguir adelante.  Podría ir y hablar con sus compañeros y forjar nuevos amigos. Pero, tristemente, Paula no se sentía con la fuerza para hacerlo. Todavía los recuerdos alegres de su vida anterior ponían cadenas a sus pies y no la dejaban dar ni un paso y la tristeza por la pérdida de su mejor amigo era una piedra de arrastre en su corazón. ¿Qué hacer entonces? ¿Dejar las cosas como estaban? Detestaba la idea de hacerlo, pero no se le ocurría otra cosa. Así pues, al final, Paula decidió dejar las cosas así.

Sin embargo, no es así como funciona, pues ni la vida, ni el hombre están hechos para quedar iguales para siempre. Cuando somos niños hay comida que no nos gusta, pero al final el hambre y la necesidad, nos obligan a comer. De este mismo modo, fue la necesidad la que movió a Paula pues su soledad se volvió inaguantable y la necesidad de alguien a quien contarle las cosas aumentó.

Un día, una compañera suya se acercó y le dijo:

– Hola. Me llamo Luciana.

Paula no respondió. Sólo la miró, estaba demasiado acostumbrada a mirar. Luciana sacó de su mochila unos dibujos y se los dio a Paula.

– Creo que esto es tuyo -le dijo-. Lamento no haber podido salvar el resto.

Paula miró los dibujos y entonces recordó que fue aquella la compañera por medio de la cual había sabido del robo de sus dibujos.

.- ¿Cómo sabías que eran míos? -le preguntó Paula.

-Te he visto hacerlos en clase -le contestó Luciana-. Los haces muy bien.

Paula entonces se sintió confundida. Por un momento había sentido empatía por Luciana, pero ahora se preguntaba. ¿Y si ella lo único que buscaba eran sus dibujos? Asustada cogió los dibujos y estaba por alejarse de ella, cuando Luciana le dijo:

– No me los quiero robar. Sólo quería devolvertelos. ¿Tiene algo de malo decirte que me gustan?

Paula se alejó de todos modos. Sin embargo, después se arrepintió. Luciana se veía de buena intención y mientras más la observaba más confianza veía en ella. Esperó a que Luciana se le acercara de nuevo, pero esto ya no sucedió. Pero Paula quería conocerla y ya estaba harta de sólo mirar.

Así que, aunque muy dudosa, fue Paula la que se acercó pasando así de ser el espectador a ser el actor en la obra.

– Hola -le dijo Paula a Luciana con voz tan pequeña como la de un ratón.

Luciana no la oyó.

– Hola -dijo Paula más fuerte.

– ¡Hola! -dijo Luciana y tanto su sonrisa como sus ojos expresaban gran alegría de verla.

– Me llamo Paula -dijo ella de modo algo torpe-. Lo siento por cómo me comporté antes.

– ¡Bah! -le dijo Luciana-. Eso no importa.

Esta fue la primera de muchas conversaciones pues Luciana se convertiría en la mejor amiga de Paula y más tarde Paula conocería a muchos más amigos.

 

Y así, su vida siguió avanzando.

Varios años después Paula trabajaba en una compañía de películas de animación y en el trabajo tenía varios amigos con los que convivía a diario aunque nunca dejó de ser amiga de Luciana y se veía con ella tan seguido como podía. Así también, una vez al año, Paula visitaba a su familia y pasaba una temporada con ellos. Un día, en una de aquellas visitas se encontró con algo que no esperaba. Su amigo Martín también había ido a ver a su familia y los dos coincidieron en una de las funciones del teatro.

Paula, lo vio en medio de la obra, sentado como un espectador más. Sabía que terminando la función él iría a saludar sus padres, pero ella no quería verlo  y mucho menos hablar con él. Después de todo estaba en su derecho de no tener que hablarle y era tan fácil como irse a los camerinos con cualquier pretexto y evitar el encuentro.

Pero ¿Qué haría si no conseguía evitarlo? “Después de todo ya es hora de que supere lo ocurrido”- se dijo Paula.

La obra terminó y Paula podría haberse ido, pero no lo hizo. Cuando Martín se les acercó lo saludó de paso y como la educación se lo pedía. Y al saludarle, éste la miró mostrando en sus ojos la vergüenza que sentía al acordarse del hecho. Ello, de un modo u otro llamó la atención de Paula, quién decidió quedarse con él y en cuanto estuvieron a solas decirle:

– Dejemos el pasado donde se quedó. Ya no estoy enojada contigo. Nuestros caminos se separaron hace mucho, pero te deseo lo mejor. Adiós Martín.

Paula no  dijo más y simplemente se fue aún dolida.

Ese día Paula comprendió que el pasado nunca se supera del todo, pero que aun así se puede seguir adelante.

 

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